Una renuncia que dio origen a todo
La historia de las flores de Bach empieza, en rigor, con un abandono. En 1930, Edward Bach tenía 43 años, un consultorio en Harley Street —la calle de los médicos prestigiosos de Londres— y un nombre ganado en bacteriología: sus "nosodes intestinales" todavía se estudian. Tenía, en resumen, todo lo que un médico de su época podía querer. Y lo dejó.
No fue un arrebato. Venía de años de rumiar la misma idea: que la medicina de su tiempo trataba órganos y descuidaba a la persona entera, y que detrás de muchos cuadros físicos había un estado emocional sostenido que nadie miraba. Sus colegas lo tomaron por excéntrico. Él se mudó al campo galés a buscar lo que estaba convencido de que la naturaleza ya tenía resuelto.
Los seis años que siguieron —de 1930 a 1936— son los que nos ocupan en esta página. En ese lapso encontró, probó y ordenó las 38 esencias, escribió los libros que las explican y dejó instrucciones estrictas para que su sistema no se complicara nunca. Murió a los 50, convencido de haberlo terminado.
"Tratá a la persona, no a la enfermedad."
— La idea que ordena todo el sistema de BachUn método de trabajo poco ortodoxo
Bach no llegó a las flores por ensayo clínico. Su método —y conviene decirlo tal como fue, sin adornarlo ni esconderlo— era intuitivo y autoexperimental: salía a caminar al amanecer, se dejaba atravesar por un estado emocional intenso, y buscaba entre las flores silvestres cuál lo aliviaba. Quienes lo acompañaron describieron episodios de padecimiento real que, según sus relatos, cedían al dar con la planta indicada.
Ese origen explica dos cosas del sistema: por qué las descripciones emocionales son tan precisas y humanas, y por qué la ciencia moderna no logra validarlo con sus herramientas. Son dos formas distintas de conocer, y en este sitio preferimos contarlas a las dos que fingir que hay una sola.